Cuando  Luisa paseaba unos meses atrás por el largo malecón de la playa, jamás se habría imaginado que no volvería allí hasta dentro de mucho tiempo.  Vivía hacía ya 3 años en aquel  bonito pueblo marinero, apartada de su gran urbe natal. Sabía que allí le llegarían los últimos días de su existencia. A sus 86 años era allí donde quería morir, junto al mar, junto a su adorado  mar.

El catarro le empezó de golpe, con un ahogo que nunca antes, con sus varias gripes a cuestas, había experimentado. Lo supo desde el primer momento, el maldito germen del que tanto hablaba la tele había llegado hasta allí. No era de extrañar, ya que era una zona turística llena de aquellos guiris con piel rosada que a ella le hacían tanta gracia.

Le ganó la batalla a la enfermedad.

-Este bicho no va a poder conmigo-, le decía sonriendo cada día a las enfermeras que la trataban. Salió a los 20 días del hospital y la llevaron a su casa. Casi hubiera preferido quedarse, pensaba mientras la ambulancia atravesaba el pueblo completamente desierto. No sabía cuando iba a estar verdaderamente inmunizada, ni cuánto duraría aquella cuarentena. Y ella si algo no tenía era demasiado tiempo.

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