Casi todas las tardes de verano,  y desde hace ya muchos años, las paso en esta terraza a la fresca. Es una bella monotonía veraniega, bendita rutina de la que me enamoré nada más venir aquí.

No tiene nada de particular, solo un horizonte amplio, limpio, si acaso algunas palmeras, donde ves nubes de formas caprichosas y bandas de aves que van de un lado a otro.

Desde niña me gustaba verlos pasar, algunos en formación de punta de flecha, rumbo a la isla Perdiguera , o revoloteando dispersas en el caso de las gaviotas, plantándole cara al viento los días de fuerte levante…También se ven volar, como antaño, las garzas y cormoranes, tan típicos del Mar Menor.

El sonido de fondo es el de los demás pájaros: palomas, cotorras, petirrojos, abejarucos, mirlos, gorriones… Algunas son autóctonas y otras migran cada verano, como las golondrinas. En cualquier caso la lista la cierran los canarios que mi padre tiene en el patio.

Me gustaba y me gusta recostarme en la vieja mecedora y notar la brisa húmeda en la cara. Traía ese olor a mar mezclado con el de los jazmines y lavandas del huerto de abajo. Así sigue siendo aunque pase el tiempo, igual que el bello contraste “verdiazul” entre los parrales y el cielo. Igual que hace más de veinte años, igual que será después.

Al ocaso, el sol repite también. Vuelve a acunarse en la ladera suave de El Carmolí, dejando un ambiente dorado que se refleja en las fachadas de las casas del pueblo . La de fotos que tendré de esas puestas de sol, guardando momentos inolvidables, tan distintas cada una aunque desde el mismo lugar.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here